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¿Deben tener voz los niños y jóvenes
en la vida de su ciudad?

El rol de la escuela en la formación ciudadana

por Stella Mary Robatto- Fundación GEB


Hoy en día, la escuela no se limita a transmitir contenidos.
Frente a la crisis económica, la escuela alimenta, abriga, contiene…
Frente a la crisis moral… La escuela también debe intervenir…

Si queremos ciudadanos íntegros y autónomos, comprometidos con su realidad y con el prójimo es preciso que la escuela - hoy más que nunca- transmita y enseñe valores.

Esta formación supone una reflexión ética, a la vez que exige la adquisición de una apropiación de la realidad social, que posibilite un futuro ejercicio de la ciudadanía, con libertad, responsabilidad y respeto por el otro social.

De este modo , la escuela contribuirá a formar la conciencia de pertenecer a un espacio social y ser protagonista del mismo. Ayudará a comprender que la realidad social es construcción humana y, al mismo tiempo, desarrollará la conciencia histórica, que es la capacidad de pensar el presente y el futuro en función de la historia y fundamentalmente, pensarse en la historia.

Hoy, el desafío de la escuela es centrar la atención de los niños y jóvenes en situaciones claves, de ser posible, controvertidas, que requieran desarrollar actitudes, habilidades y perspectivas conducentes a la toma de decisiones sobre sus vidas como ciudadanos, sobre sus futuros individuales y colectivos.

En esto radica la verdadera libertad del ciudadano. No es libre quien hace todo lo que quiere, y mucho menos, quien quiere todo lo que se le propone o presenta. Libre es la persona que, frente a diversas propuestas, piensa, siente y decide lo mejor.

Los valores básicos de una “cultura de la democracia” requieren un espacio de libre discusión, participación y el trabajo continuo sobre los problemas de convivencia y el contacto permanente con la realidad social. En esto la escuela no puede mantenerse ajena.

Como indica Philippe Meirieu*, “…hay una perfecta simetría entre acceder al estado adulto y acceder al estado ciudadano. El ciudadano es aquel que renuncia a la inmediatez de lo infantil, el que sabe tomarse el tiempo, anticipar las consecuencias de sus actos, el que sabe pasarlos por el tamiz de su conciencia, el que se toma el tiempo de reflexión, el que sabe examinar -más allá de su interés individual- el interés colectivo. “

¿Estamos diciendo entonces, que niños y jóvenes tienen cerrado el acceso a ese estado, privilegio exclusivo del adulto?

Por el contrario… y allí aparece el rol que la escuela debe asumir en este campo de la formación integral.

La escuela aportará a la formación humanística de niños y jóvenes, haciéndolos más pensantes, más solidarios, más concientes del mundo que habitan, pero sobre todo, más dispuestos a aportar activamente para mejorarlo. Les ayudará a ser concientes de sus responsabilidades como miembros de una comunidad y a trabajar en la búsqueda del bien común.

También afirma Philippe Meirieu que “la educación y la democracia se inscriben en el mismo movimiento: es la renuncia al narcisismo. Educar a un chico es ayudarlo a renunciar a su narcisismo y descubrir al otro. Educarnos como pueblo democrático es educarnos para renunciar a nuestros intereses individuales, para reflexionar acerca de lo que podría ser el bien común y el interés colectivo “

La educación en lo político comienza con el reconocimiento de los demás; el aprendizaje del respeto por el otro como un ser a la vez semejante y distinto. Es por esto que la capacidad de actuar e interactuar con otros debe ser considerada por la escuela como un contenido de enseñanza junto al ejercicio de la capacidad para preguntar, cuestionar y cuestionarse, resolver situaciones conflictivas de manera “inteligente”, peticionar, defender derechos, colocarse en el lugar del otro, cooperar.

La escuela debería formar, esencialmente, para actuar socialmente fuera de ella, es decir, para la vida y de este modo, generar ciudadanos críticos y comprometidos, que sean partícipes y no meros espectadores de lo que ocurre en la sociedad.

El ejercicio de la ciudadanía involucra una gran cantidad de prácticas, que con distinto alcance, niños, adolescentes y jóvenes pueden y deben ejercer, ya que la función ciudadana va más allá de la responsabilidad y el derecho de elegir a los gobernantes democráticos por medio del voto.

El ejercicio de la ciudadanía supone, también, poder participar activamente en las entidades comunitarias de todo tipo, interrelacionarse con otras personas y transformarse en sujetos de plenos derechos. Nuestra sociedad se caracteriza por un marcado “poder adulto” que, muchas veces, niega, reduce y dificulta el reconocimiento y el derecho al ejercicio de la ciudadanía plena, a las nuevas generaciones.

Estamos acostumbrados a hablar de ciudadanía en sentido clásico, haciendo referencia al ejercicio de los derechos cívicos, que apelan a la relación de los individuos con el poder (ciudadanía política). Pero también se puede hablar de ciudadanía cultural, ciudadanía social, ciudadanía individual, ciudadanía emancipatoria, cada una de ellas referida a un área de la actividad humana.

Desde este lugar y desde nuestro quehacer, sostenemos la promoción de la ciudadanía de los niños y jóvenes, porque son sujetos de plenos derechos y porque sabemos que el ejercicio de esos derechos beneficia al conjunto de la sociedad, en tanto es una forma de inclusión real y democrática de éstos, en la sociedad actual.

Buscamos favorecer el derecho de los chicos y chicas a participar en la construcción de su ciudad y que sientan que forman parte de la vida ciudadana.

Pretendemos que experimenten con la práctica su condición de ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho, pero también con responsabilidades.

Es nuestro objetivo lograr que la ciudad conceda voz y participación a los ciudadanos más jóvenes y les permita educarse en la práctica de la participación cívica.

Que les conceda un espacio en donde el diálogo y el intercambio de ideas les ayuden a aprender e imaginar acciones actuales y de futuro.

Las capacidades necesarias para contribuir al diálogo y a la democracia se aprenden con la práctica, en casa, en el colegio, en la comunidad, en las organizaciones y en la sociedad. Se aprende a participar, participando.

Los niños, los adolescentes y los jóvenes tienen mucho que decir. Debemos aprender a escucharlos.

Es prioritario alentarlos a la participación, aumentando su influencia e involucramiento en procesos de toma de decisiones.

Sintetizando, entendemos que es fundamental expandir sus capacidades para buscar soluciones a los problemas más relevantes que nos aquejan a todos, por el camino de la participación cívica.

“Los Estados Partes garantizaran al niño que está en condiciones de formarse un juicio propio, el derecho de expresar su opinión libremente, en todos los asuntos que le afecten, teniendo en cuenta sus opiniones en función de la edad y madurez”
Art. 12 de la Convención de los derechos del niño. ONU, 1989


* Meirieu, Philippe “ El significado de educar en un mundo sin referencias”.

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