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  RANQUELES



por Patricia Aragón*

     

La historia que sigue me fue contada. No puedo reclamar originalidad alguna, pero sí es mía la emoción al tratar de compartirla.
Tengo ante mí un objeto histórico: el sable del coronel. Este sí que habrá cortado cabezas. Acaricio su empuñadura oxidada, opaca pero todavía fuerte, y resuenan en mis oídos las voces de mis tíos aquella tarde en que todos observaban el sable y comentaban con esa admiración que muestran la mayoría de los hombre por las armas y por quien sabe usarlas: Sí, éste estuvo en combate, no es un sable de gala.
Era cierto. Fueron a matar, y lo hicieron.
El mentado coronel fue parte de la expedición al desierto liderada por el General  Roca, con el objetivo de exterminar a los Ranqueles de las pampas, sus pampas, ganar así más tierras para la ganadería, y avanzar en el proyecto de país que su generación se había propuesto.

Años después, el coronel volvió a Buenos Aires cubierto de gloria y laureles y se casó como Dios manda, con una niña de la sociedad porteña. No sé cuántos hijos tuvieron, pero sí sé que de esa unión nació Eloísa, mi abuela. Eloísa amaba la música y, aunque extraño para su época, logró que el padre le permitiera estudiar en el Conservatorio Nacional. Pero después algo sucedió que, seguramente, no estaba en los planes del Coronel para su descendencia vacuno-oligárquica: Eloísa se enamoró de un maestro radical: la peor elección. Desafiándolo todo, Eloísa y Raúl se casaron en contra de la voluntad del padre; sólo contaban con su amor y sus sueldos para ser felices.

Pero después vino la política: aciago es el destino de un maestro radical cuando gobiernan los conservadores, los peores destinos le estarán reservados. Así fue como Eloísa y Raúl recalaron en Eduardo Castex, La Pampa, en un pueblo que ni siquiera era pueblo y en una provincia que aún no era provincia, pero en una escuela que sí era escuela, donde mi abuelo era el director y mi abuela la profesora de música. Recuerdo una foto en sepia donde la escuela está como recostada en una esquina polvorienta, totalmente sola. Allí nació  mi padre y sus siete hermanos y hermanas. A la usanza de la época, uno de mis tíos se llamó Raúl, como su padre y los otros Armando y Arturo como los hermanos de mi abuelo. El más chico fue llamado Leandro, por Leandro Alem, pero esa es otra historia. Lo curioso es que los dos hermanos de mi abuelo hicieron lo mismo: eligieron para sus hijos los nombres de sus propios hermanos, Raúl, Arturo y Armando, con lo cual  cada uno de ellos tenía dos primos hermanos exactamente con el mismo nombre y apellido. En las charlas familiares usaban los dos apellidos para saber a quién se estaban refiriendo, siempre pensé que era una extravagancia, después me di cuenta de que era la única forma de entenderse.

 El anecdotario de esa infancia en La Pampa acompañó la mía y disparó mi imaginación a un nivel que ni Salgari pudo lograr. Obligaba a mi padre a contarme una y mil veces cómo habían cazado una víbora gigante y asustado al pueblo paseándola por las calles colgando del alambre de cazar, o aquel día en que a mi tía Hilda se le prendió fuego la ropa ante el horror de sus hermanos y Doña Juana, la cocinera, apareció corriendo para envolverla en una frazada. También recuerdo que tenían un ñandú como mascota que se robaba la comida de la mesa ante el menor descuido, hasta la que estaba pinchada en los tenedores. Los imaginaba corriendo con los perros, salvajes, aventureros; esa era  la vida que yo quería.

Ser hijo del director de la escuela era algo importante. El comisario, el juez de paz, el médico y el director de la escuela se reunían a cabildear cada vez que había que tomar una decisión que afectara a todos y eran consultados sobre los temas más variados. Después descubrí que Payró habla de esto en Pago Chico, pero yo ya lo sabía, me lo habían contado.

Hay una foto familiar en la que están los ocho parados juntos, como amontonados, mirando a la cámara. Las chicas mayores tienen el pelo atado en trenzas negras, muy gruesas, los varones, cortado en pirinchos renegridos. Todos tienen la cara sucia.  Alguien, vaya a saber quién, hizo un círculo en torno a una de las cabezas y escribió: el Negro. Ese era mi padre, el más negro de todos.

Con los años se fue blanqueando, no sé si fue la vida porteña o las nostalgias de sus pampas, pero fue perdiendo su color y como los pampeanos no tienen acento al hablar, a menudo tenía que aclarar de qué provincia venía.
Soy Ranquel, decía con orgullo el nieto del coronel.


*Patricia Aragón, Nació en Capital federal en 1950. Cursó estudios terciarios en enseñanza de Inglés como lengua extranjera, obteniendo el título de Profesora de Inglés (INSP Joaquín V. González). Realizó también estudios en la carrera de Letras (UBA), en la Maestría en Ciencias del Lenguaje (INSP J.V. González) y en la Maestría en Literaturas Española e Hispanoamericana (UBA). Como docente, dictó Lengua y Literatura Inglesa en las carreras de Profesorado y Traductorado durante veinte años. Coordinó y gestionó numerosos proyectos educativos para instituciones estatales y privadas de nivel medio y terciario. Participa en talleres literarios desde hace más de diez años. Actualmente reside en Bariloche.