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  LA OLA MANOLA

Desde el comienzo del verano, la ola Manola se sintió enojada. No le gustaba ver gente en la playa, escuchar risas, enredarse en los tobillos de los que iban entrando al mar. Le molestaban las redes y los anzuelos de los pescadores porque le hacían cosquillas y a ella no le gustaba reírse, le gustaba tener cara de mal humor.

-¡Ay, Manola, Manola!- le decían las otras olas del mar- ¿No te gusta tener amigos?
- Yo me divierto sola y no necesito a nadie más- respondía ella.
- ¡Vení a la playa con nosotras y juguemos con los chicos!
- Lo voy a pensar- contestaba Manola.

Pero, en realidad, lo que se ponía a pensar era cómo molestar a los chicos y a sus familias para que se fueran del mar. ¡Y se le ocurrían cada ideas!

Algunas veces, juntaba fuerzas desde bien hondo y bien lejos. Cuando estaba delante de los chicos que se bañaban con sus papás, se levantaba como un paredón verde. Después, empezaba a doblarse de a poquito hasta que se hacía redonda, pesada y se les tiraba encima con toda su fuerza. ¡Cómo se divertía revolcándolos y oyéndolos gritar! Lo curioso era que, al volver, en vez de verlos asustados y escapándose, los veía contentos y con ganas de seguir en el agua. Mientras tanto, sus amigas, las olas Lola y Carola, se adelantaban suavemente para jugar con ellos a los saltitos.

“Un juego de tontos y tontas” pensaba Manola.
A veces pasaba largos ratos alejada de la costa, panza arriba en la superficie, dejándose hamacar por el vaivén del océano, viendo pasar las nubes e inventando más maldades. Después de pensar un rato, era capaz de salir a robar pelotas de plástico, sombreros arrebatados por el viento, enredar las redes de los pescadores o llenar de algas los anzuelos de sus cañas. Estaba convencida de que ésa era la forma de tratar a las personas para que no aparecieran más por allí. Sin embargo, no lo lograba. Por eso seguía pensando maldades nuevas.

-¡Ay, Manola, Manola! ¿No ves que así no conseguís nada? ¿No es mejor vivir en paz, divertirse con la gente? - trataban de hacerle entender sus amigas.
“Palabras de tontos y tontas”, se decía Manola. Y le daban ganas de portarse peor. Una tarde, mientras flotaba panza arriba, se dio cuenta de que algunas nubes tenían rulos. Eso le dio una idea genial. Tomó envión y salió rumbo a la playa.

Por el camino fue juntando espuma, espuma, espuma... Parecía que se había puesto una peluca llena de rulos. Ella creía que así estaba más hermosa que las nubes y las nenas que iba arrastrando a su paso. A la vuelta, haciéndose la distraída, les robó a todas las chicas los chuflines.
Se los llevó al fondo del mar, loca de alegría por la maldad que acaba de hacer. Uno, dos, tres, cuatro... No paraba de contarlos. Celeste, verde, anaranjado, amarillo... Tenía chuflines de todos colores. Por un segundo se imaginó cómo quedaría de linda, paseando por el océano con sus rulos de espuma atados con esos chuflines y cómo llorarían de tristeza las chicas en la playa. Entonces se le ocurrió un plan: mientras molestaba mucho a las personas para que se fueran de la costa, iba a juntar muchos chuflines de colores para atarse los rulos y poder andar por el océano hecha una preciosura.

Sin perder tiempo, Manola ató los chuflos a unas rocas para que no se los llevaran otras olas y se apresuró a volver a la orilla. Iba tan contenta, que Lola y Carola se asombraron de verla sonreír.
- ¿Qué te pasó, Manola? ¡Se te ve muy alegre!
- ¡Ya se van a enterar!
Manola quería llegar pronto a la playa y ver a las chicas llorando. Pero en lugar de eso, las encontró muy contentas, bañándose con el pelo suelto. Entonces tuvo otra idea genial: se hizo laaaaaarga y chatiiiiiiita, para alcanzar un castillo de arena que estaban construyendo unos chicos. De una sola pasada borró la fosa, volteó el muro y dejó las torres bastante maltrechas.
- ¡Ahhhhhh!- gritaron los chicos.
- ¡Juáaaaaa!- se rió Manola.

Tanto le gustó esa maldad, que antes de volver al fondo del mar, dio una vuelta más por la orilla para verlos llorar y quejarse. Pero, en cambio, los encontró muy entusiasmados, haciendo un castillo nuevo.

“Un juego de tontos y tontas” pensó Manola, y se retiró al fondo del mar a contar sus chuflines.
Al otro día, volvió a la carga: se arrojaba contra los chicos llena de espuma, hacía todo el mal que podía y, a la vuelta, se llevaba todos los chuflines que encontraba. Los ataba a las rocas y empezaba otra vez. Terminó el día muy cansada y algo enojada porque los chicos se divertían con sus papás en el agua o en la arena como si nada. Pero se consolaba un poco, viendo que cada vez tenía más chuflines para sus rulos.
Así pasó el verano. Lola y Carola jugaban con la gente. Manola enredaba anzuelos, redes, se llevaba pelotas, destruía castillos de arena y robaba chuflines, segura de que a los chicos y a los grandes les iba a dar una rabia bárbara. Sin embargo, ellos no se daban por enterados. Hasta que los días comenzaron a ser más cortos, más frescos y la gente dejó de frecuentar la playa.

La ola Manola estaba feliz como nunca: “por fin logré que se fueran”, pensó. Antes de bajar al fondo el océano a ponerse los chuflines, recorrió varias veces la costa para asegurarse de que no quedara nadie más a quien molestar. Y así era. La playa estaba desierta, bajo el viento que llevaba la arena de acá para allá.

Manola bajó hasta las rocas donde había dejado sus chuflos, dispuesta a embellecerse. Pero se llevó una sorpresa horrible. Tanto había tardado en volver, que los caballitos de mar, al ver esos chuflines tan hermosos abandonados, decidieron embellecerse ellos. Se los habían repartido entre todos. Los llevaban en la cabeza, en el cuello o en la cola. Nadaban todos juntos, felices y emperifollados.

-¡Ya van a ver!- exclamó Manola.- ¡Esos chuflos son míos y de nadie más!
Enojadísima, se lanzó a perseguirlos. Los caballitos de mar salieron disparando para todos lados. Manola, empacada como estaba en recuperar sus chuflines, se estiró para arriba, para abajo, para acá, para allá, con tal de alcanzarlos a todos. Pero eran muchos y, al escaparse, se separaban cada vez más. Al fin terminó deshaciéndose, Manola, en partes muy pequeñas, muy alejadas, que corrieron detrás de cada caballito de mar hasta que se les acabó la fuerza. ¡Menos mal que la ola Lola y la ola Carola vieron todo lo que pasaba y se pusieron de acuerdo en ayudar a Manola, para que se volviera a armar! Después, se pasaron todo el invierno enseñándole lo lindo que era tener amigos.

Mientras tanto, la gente grande había vuelto a su trabajo. Y los chicos se reían y jugaban en el patio de la escuela.

Silvia Alejandra García