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  LAHORA DE LOS DUENDES

Ella tomó con cuidado su tesoro, producto de años de desvelo, resultado de muchas risas y demasiadas lágrimas... fruto de fugaces instantes de felicidad infinita, fruto de infinitos instantes de felicidad fugaz. Ella estrechó con amor su tesoro contra su pecho y lo fue deshojando lentamente, en un místico ritual. Fue tomando uno a uno cada pétalo entre sus manos y lo miró con atención, como a esas entrañables fotos viejas arqueadas por la humedad y por los años. Es que esa fresca y solitaria noche de otoño se le había presentado de ojos abiertos y mariposas en el pecho... Nada. Ni la leche tibia con miel, ni las aburridas trasnoches televisivas, ni la incalculable cuenta de ovejitas, ni siquiera esas pastillitas “inofensivas” que le recetó la vecina para esos casos, habían logrado hacerle conciliar el sueño.

Había algo que la inquietaba, algo pendiente, algo que apenas lograba descifrar. Era esa angustia, esa maldita angustia que la había acompañado desde siempre. Ese terrible horror a morir sin haber hecho lo suficiente, a no cumplir con su misión en la vida. Es que la Muerte había entrado muy temprano y se había instalado entre sus cosas como la sombra triste de su dolor más oculto. Por eso, ya abandonada a los designios del insomnio, viejo compañero de su larga travesía, se había levantado a revolver entre sus recuerdos.

Los fue revisando así, como iban apareciendo, sin orden ni lógica, elegidos por la mágica ocurrencia del azar... cada uno relatándole historias tan lejanas, que por momentos se le antojaban legendarias. Sus cinco sentidos trabajando a pleno en esa noche de nostalgias y reencuentros. La Niña, la Mujer y la Adolescente jugando juntas a las escondidas en la sala. Contándose secretos, conociéndose, perdonándose los pecados cometidos.

La pequeña la tomó de la mano y la llevó de paseo hasta su más temprana infancia... la casa de sus padres, las mañanas de domingo con olor a café con leche y medialunas calentitas, la presencia constante de mamá salvadora, los ojitos tiernos de papá en silencio, las hermanas compinches de sueños y travesuras, la imaginación a flor de piel de la mano de sus abuelas tejedoras de quimeras. Recordó con qué alegría esperaba a que llegar la noche justiciera, para que arrancara a su padre de las garras del tirano trabajo... en especial las frías noches de invierno, cuando la única calefacción era la pantallita roja fosforescente y había que taparse con las mantas hasta la nariz, entonces llegaba papá-frazada y el frío huía sin más remedio.

La noche. La noche siempre había poseído un poder sobrenatural sobre ella. A la hora en que los fantasmas y los duendes salen a jugar, su más profundo yo de par en par, siempre empeñándose en fluir venciendo al sueño. Siempre le había agradado la vigilia... tal vez por eso había elegido nacer al comenzar la noche. Y era su sensación más desgarrada, la idea de que la Muerte vendría por ella en alguna madrugada. Por eso quería esperarla despierta y enfrentarla si acaso fuera su deseo llevársela con sus sueños incumplidos; tal como había hecho con su amiga adorada, que apenas asomaba sus quince julios la mañana en que la arrebató de su lado para siempre.

Entonces la Mujer, conmovida y sabia, depositó en las manos de la gris Adolescente un barquito de papel... y un calor atravesó su cuerpo como un relámpago. Había sucedido en una primavera de hacía miles de años. Aquella tarde con olor a tierra mojada y caricia en el pelo estrenaba corazón y la sonrisa le bailaba en los ojos. Él resultó ser el arcoiris de su lluvia. El compañero y el amante, la musa de sus más dulces pasiones. El coautor de las dos más bellas poesías que la Vida le había encomendado dar a luz. Lo habían logrado. Entre amamantadas y baños de espuma, reglas de tres no tan simples y respuestas con verdades, entre besos y tequieros y algunos chirlos a tiempo y coincidencia entre la palabra y el ejemplo. Entre errores y mea culpas, pero siempre de frente y a corazón abierto, formaron dos hombres, dos honestas personas, dos buenos seres humanos hasta quizá felices.

Ella guardó con cuidado su tesoro, producto de años de desvelo, resultado de muchas risas y no tantas lágrimas... Dio una cansada recorrida por los rincones amados de su casa comprobando que todo estaba en orden. La puerta de entrada con llave, el gas cerrado, cada una de las luces apagada... Peinó frente al espejo su larga cabellera blanca, se empolvó la nariz y las mejillas pálidas, pintó sus labios del color de la sangre y se metió en la cama. Y por fin cerró sus ojos entregándose a la madrugada, que entró silenciosamente, helada y mortal, por la ventana entreabierta de su alcoba.

Verónica Montero

Dina Huapi, Río Negro