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EL SHOCK DE “EL FUTURO”

por Martha Perotto*

El viajero descendió del tren en una estación equivocada. Supo, en el momento en que el tren desaparecía de su vista, que no estaba donde tenía que estar. Era, probablemente, un paradero. Se reprochó el haber cometido semejante error, lo atribuyó a la oscuridad y al sueño profundo en el que venía sumergido. Sabía que algo, una voz, o una luz, lo había despertado y, semiatontado por el sopor, había interpretado mal las señales. ¡También!, viajar de noche, así, con las ventanillas cerradas (“por los posibles piedrazos”, dijeron al partir) hizo que sin pensar le acometiera un deseo impostergable de bajarse. El impulso le hizo tomar el bolso del portaequipaje en cuanto el tren se detuvo y bajar para averiguar en dónde estaba. Pero, en la estación no había nadie y el tren partió de inmediato.

La soledad del andén y lo precario del tinglado que estaba junto a él le hicieron pensar en una parada no habitual. Quizás había subido algún pasajero y por eso el tren se detuvo, o quizás fue un error del maquinista, un error parecido al de él.

Un cartel borroneado y destartalado indicaba que el parador se llamaba “El futuro”. ¡Qué ironía! Dio una vuelta alrededor de la plataforma y el tinglado y distinguió, a unos cincuenta metros, una luz encendida. ¿Una casa?, ¿un galpón? Hacia allí se dirigió. En la puerta, un falcon verde de los sesenta encendió una llamita de esperanza en el viajero, tal vez pudiera llegar a un pueblo o una ciudad cercana para continuar el viaje. Recordó que no tenía mucho dinero, debía administrarlo con prudencia hasta tanto pudiera cobrar esas cuentas que habían motivado el viaje.

Golpeó y, sorprendido, vio que el hombre que le abría era Secundino Sánchez, el mismo a quien tenía que cobrar la deuda. El hombre lo saludó y lo hizo pasar como si lo hubiera estado esperando. Adentro, tres hombres jugaban baraja sentados a una mesa en la que tres cartas boca abajo marcaban el lugar que había abandonado Secundino para abrir la puerta.

Se sintió mal, un vahido, y pidió pasar al baño. Secundino lo hizo entrar a un ambiente demasiado grande para ser un baño, no obstante, en un rincón, un inodoro y una piletita con espejo parecían perdidos entre las estanterías cargadas de cajas que ocupaban las paredes. Cuando su acompañante lo dejó solo se sintió peor ante la poca intimidad que daba un espacio tan grande. Se acercó al espejo y tuvo compasión de sí mismo. Algo no funcionaba. Cerró los ojos ¿era su mente? ¿estaba todavía dentro del sueño profundo que no había concluido y al despertarse seguiría hamacándose con el monótono traqueteo del tren? Deseó fervientemente que así fuera. Pero al abrirlos, volvió a ver el mismo rostro desencajado con la sombra de barba que aportaba cada nuevo día.

Se mojó la cara, el agua era salobre. Se secó con un pañuelo. Había dejado el bolso en la otra habitación desde la que llegaba un tintinear de monedas y el gorgoteo de la botella que circulaba con frecuencia. Bajó la tapa del inodoro y se sentó a pensar. Su cabeza era un verdadero caos. Lo que le ocurría era ridículo: había llegado adonde debía creyendo haberse equivocado. No podía recordar el nombre del lugar al cual pensaba que debía dirigirse.

Todavía le duraba el torpor del sueño interrumpido, no podía razonar con claridad. Metió una mano en el bolsillo y sacó una tarjeta que decía:

 
 

Secundino Sánchez

Ramos generales

Paradero “El futuro”. FFCC Roca

Pcia de Buenos Aires

 
 

y un epígrafe:

 
 

“El futuro” es una estación desolada en medio del desierto.

 
 


La dio vuelta. Atrás, en letra menuda, estaban escritas las indicaciones para llegar: daba las 12 de la noche como hora probable de paso del tren por el paradero; advertía sobre la detención mínima del convoy que apenas le daría tiempo suficiente para apearse; sugería que se le pidiera al guarda que avisara al momento de llegar; por último, indicaba la ubicación del almacén con respecto al paradero.

Recordó, con alivio, la voz que oyera en el tren, probablemente era la del guarda que lo había despertado y le indicó que bajara; con el sueño que tenía debió obedecer como un autómata.

Pensó que ya era hora de salir del baño, aunque se demoró todavía un poco al notar que se despedían en la otra habitación. Un momento después se oyó el motor de un coche que se alejaba. Salió.

- ¿Se siente mejor? - le preguntó Secundino.

- Sí, ¿y sus amigos?

- Se fueron. Me hacían compañía hasta que usted llegara. ¿tuvo buen viaje?

- Me ocurrió algo muy extraño.

- ¿Qué fue lo que le pasó? - preguntó interesado.

- Creí que me había equivocado al bajarme en este paradero. Todavía me dura la confusión.

- No se preocupe, amigo. Usted venía muy dormido y en este lugar y a esta hora se confunde cualquiera.

 

Se sintió comprendido. Secundino estaba sentado junto a una considerable pila de dinero y en la mesa, frente a él, el as de espadas hablaba a las claras de su triunfo.

- Siéntese - dijo el dueño de casa y le indicó una silla.

- Bueno, veo que ha ganado, por lo menos voy a poder cobrar la deuda.

- Sí, amigo, yo siempre pago y exijo que me paguen. ¿No quiere echar una manito?.

- No, no juego. Preferiría descansar si me indica algún hotel.

- Quédese aquí, hay lugar y el próximo hotel está muy lejos.

- ¿Cómo hace para vivir en un lugar tan desolado?

- Este lugar se llama “El Futuro” y, ¿sabe amigo?, cada uno tiene el futuro que se ha imaginado. El optimista lo ve hermoso y el negativo se aterroriza frente a él. Esta estación perdida es un poco como la vida. Aquí se esfuman las nociones de tiempo y de lugar. Yo vivo de las confusiones con el futuro. ¿Usted le teme?

- La verdad que sí. No me gusta pensar en él. No me gustan ni las películas sobre el futuro. Prefiero vivir el presente y recordar el pasado.

- De ahí deben venir sus errores de ubicación al llegar a una localidad que se llama “El futuro”. No se ofenda, es sólo una broma, aunque pienso que tampoco le gusta jugar por el mismo motivo. Nadie sabe cómo va a venir la próxima mano pero se arriesga. Una apuesta es una prueba de confianza en el futuro.

- ¿Le parece?

- Sí. ¿No le gustaría echar una manito?

- Estoy muy cansado, pero si insiste. Quisiera no temer más. ¿Qué apostamos?

- ¿Qué tal mi deuda?

- ¿Su deuda? ¿Y si pierdo?

- ¿Y si gana? Se llevaría el doble. El tren de regreso pasa a las 10 de la mañana. Juguemos a una sola mano.

Decide arriesgarse:

- Bueno.

Secundino reparte. Al ver sus cartas el viajante sabe que va a ganar. El as de espadas reluce con brillo metálico. Y gana. Para él “El futuro” tiene otro color. El tendero le pide la revancha, sólo que no tiene más dinero. El viajante lo ve desaparecer por la puerta del patio y se tiende a dormir en el catre. Cuando se despierta ya no hay confusiones en su mente. El tendero no está. Prepara sus cosas y le deja una nota de despedida. Los planes se atropellan en su cabeza. Se va a la estación y al rato toma el tren. Ya en su asiento, ve aparecer a Secundino con el dinero para apostar.

- Quiero la revancha - le dice.

No puede negarse. La apuesta es una condición de ese futuro recién reconquistado. Y juegan.

*Martha Perotto es una escritora de El Bolsón y el cuento pertenece a su libro ”Cuentos para un invierno largo”