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EL CUENTO QUE NO QUERÍA SER CONTADO

por Laura Calvo*

Te di un nombre para darte un nombre que te sirviera al mismo tiempo de alma.
 ¿Y tú: cómo saber jamás qué nombre me diste?
Clarice Lispector

      Había una vez un cuento que no quería ser contado por miedo a que nadie lo quisiera escuchar. Es más segura la vida real que perderse en ensueños, reflexionaba el cuento buscando un motivo que justificara su temor.
El título que le daba nombre a este cuento no era nada amenazante, ni misterioso, ni sangriento. Se diría, más bien, poco atractivo. “Recorriendo el camino a la escuela”, ése era el título; la protagonista: una maestra.
Y ahora se preguntarán (si es que alguien por fin se animó a escuchar este cuento): ¿puede haber algo menos interesante que el relato de una maestra yendo a su trabajo?
El cuento sabía la respuesta; claro que la sabía, y era la razón por la que no quería ser contado: el argumento que no atormenta aburre, y eso es lo único que no se le puede perdonar a un cuento, aún a aquellos tan seguros de sí mismos que a todas luces desean ser contados.
Pues bien, este cuento, que de audacia andaba un poco flojo pero de tonto no tenía un pelo, buscó respuesta en las palabras del sabio Voltaire: Todo estilo que no aburra es bueno, y pensó cómo contar lo que había que contar sin que se lo tragara un tiburón o un vampiro le clavara los colmillos en el cuello.
“Recorriendo el camino a la escuela”. Henos aquí, y frente a nuestros ojos una maestra a paso rápido cargando una mochila con una pila de cuadernos corregidos. Su perra la sigue, y ella, repetidas veces, le ordena que regrese a la casa.

     En este punto es necesario detenernos y parar la oreja. La maestra está hablando con la perra y las palabras suenan algo estridentes teniendo en cuenta que lo más sonoro entre ellas suelen ser los silencios. La perra la escucha moviendo la cola. Es una perra de raza perro, y ella una maestra de raza a punto de llegar tarde a su trabajo.
-Cuántas veces le he dicho que no puede seguirme a la escuela -le dice a la perra en un tono muy serio; la trata de usted, igual que a sus alumnos cuando intenta poner orden en el aula. La curiosidad por todas las cosas de su alrededor ocupa exclusivamente la conciencia perruna; trotar con esa facilidad descuidada, inspeccionar la hierba debajo de las patas, la planta que crece un poco más allá, el tronco del pino derribado por el viento... 
La maestra reanuda la marcha y la perra también..., detrás de ella. Todos los días, desde hace dos años a la misma hora, faltando cien metros a la escuela, se repite esta escena. Son las 12.50 y la maestra entra a las 13.
La perra no se da por aludida. De nuevo es necesario hacer un alto en la historia, esta vez para describir con más detalle cómo son la maestra, la perra y el camino que recorren juntas.
Comencemos la descripción por la maestra: es delgada, de estatura mediana, muy ágil para los cincuenta y siete años que tiene. Lleva treinta enseñando y está a punto de jubilarse. Vive en la calle más alta del barrio, a tres cuadras de la escuela atravesando el bosque.
¡Sorpresa! No es una maestra de ciudad, que debe tomarse un tren y dos colectivos para llegar a su trabajo con la lengua afuera y la garganta bien dispuesta a pesar del hollín, el sofocón, los bocinazos. No, no, la maestra de este cuento que no quiere ser contado vive en la montaña y puede recorrer su camino al trabajo como quien recorre al paso las estaciones del año. Desde el día en que la perra apareció en su puerta lo hace acompañada y llega... tarde. Bueno, tarde es una forma de decir no tan temprano como solía acostumbrar.  No olvidemos que se trata de una maestra de raza, de esas que necesitan quince minutos de aprestamiento para ordenar el aula y ventilarla, borrar el pizarrón, ver si hay tizas suficientes, sacudir el borrador, repartir los cuadernos corregidos en las mesas, acomodar el escritorio y saludar a cada alumno a medida que van entrando.

     Suficiente con la maestra. Pasemos al camino que recorre con su perra, ese camino que no sabemos de dónde viene pero sí hacia dónde va. A fines del verano, cuando empiezan las clases, aún hay flores en los jardines cercanos a la ruta y los árboles siguen dando sombra. A medida que avanza marzo, las hojas amarillean hasta caer y amontonarse. El aire se vuelve más húmedo y los días más cortos. Es el otoño la estación que más le gusta a la maestra y parecería que también a la perra por la forma de revolcarse en el colchón de hojas secas. Sólo hay algo comparable a esta fiesta y es la nieve en polvo que no tarda en llegar. En la gran calma de las tardes invernales, late el cielo como un reloj sin tiempo. Su palpitación confusa se prolonga en los copos -garabatos blancos sobre gris- que cubren de a poco hasta colmar todo el sendero. Y después, la primavera, con su viento y sus nubes de polen que dan alergia a la maestra.

En cuanto a la perra, es imposible asegurar si fue abandonada o se perdió en aquella nevada que duró tres días seguidos, yendo a dar a una casa que echaba humo por la chimenea. Un llamado muy fuerte, el del fuego, un llamado que sólo los lobos y los perros, entre todos los animales, están destinados a contestar.
El origen de la perra resulta entonces algo incierto (se sabe que todo relato es infiel a la verdad verdadera). La verdad verdadera es que los perros se las arreglan para encariñarse con quien sea que les dé de comer. Y eso fue lo que hizo la maestra, además de ponerle un nombre y hacerla dormir adentro mientras duró el frío. La cachorra de pelo negro y orejas sedosas se transformó en una guardiana de buen porte, carácter alegre, un poco desobediente pero fiel como solamente sabe serlo un perro, tanto, que a la maestra le cuesta mucho convencerla de que al llegar a la ruta deben separarse: ¿cómo explicarle que la velocidad de un auto supera la velocidad de un galgo? El amor de la maestra es como una piel donde la perra parece estar cosida y los esfuerzos de la mujer no hacen más que confundirla.

     Y aquí volvemos al principio del cuento que no quería ser contado, esa parte donde la maestra en tono serio le dice a su perra que no debe seguirla, y la perra la mira moviendo la cola como si entendiera, pero no. Y la maestra pierde esos preciosos minutos que antes jamás hubiera perdido, porque teme el peligro, esa cinta de asfalto veloz como un látigo limitando los bosques que transitan tranquilas, sobre todo la perra que no entiende el significado de la palabra muerte y si lo entiende no le importa porque es el único personaje que se mueve libremente en esta historia.

Y la maestra aguarda un último minuto, parada al borde de la ruta, a que la perra dé la vuelta y enfile hacia arriba. Pero la perra no le saca los ojos de encima, como si quisiera cruzar los límites a través de ella.
¿Por qué se queda allí? ¿Por qué no acepta las órdenes del modo en que le son dadas? Hoy los niñosaprenderán qué son adverbios de modo. Pacientemente, les enseñará en qué consisten y nadie moverá la cola como si espantara sus palabras. Y nadie la mirará con esos ojos. La lástima es algo enteramente horrible, de modo que...
-¡Yo puedo cuidarme sola, usted vaya a cuidar la casa! -la maestra se agacha y simula tomar una piedra.
La perra retrocede unos pasos.
La maestra suspira:
-¡La escuela no es buen lugar para los perros; allí a los hombres, desde niños, se les enseña a obedecer! -le grita a modo de consuelo, mientras ve cómo la cola desaparece en la espesura.

*Laura Calvo tiene más de diez obras editadas. También ejerció la docencia coordinando talleres de escritura. Su quehacer en el campo de la enseñanza se centró en la Fundación Educativa Woodville donde editó la revista "La Tijereta", producto de los talleres en el Nivel Primario desarrollados durante diecisiete años. Con el auspicio de esa Fundación y el Fondo Nacional de las Artes, y en coautoría con Luisa Peluffo, publicó "Ventanas a la Palabra- El Taller de Escritura en la Escuela", que contiene más de treinta consignas de trabajo práctico. En 2010, culminando su carrera docente, publicó la novela para niños, "Salto de página- Aventuras en el Cuaderno".

Actualmente desarrolla un taller de escritura por correo electrónico:
Si desea conocer más sobre la extensa y muy interesante trayectoria de Laura Calvo, puede encontrarla en:

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